Soy de las que si se encuentra un gato negro lo coge y lo adopta. No creo en las supersticiones, pero las respeto. Tengo miedo a la oscuridad y a las arañas. Me encantan los paseos nocturnos de verano. Aún a día de hoy no he comprobado lo que es pensar en mí, antes de pensar en los demás. No soy de las que se rinden, ni de las que se arrastran. Demasiado mimosa. Me encantan los peluches, y más si son grandes y suaves. Escucho el latido del corazón de todo aquel que me deje apoyar la cabeza en su pecho.
Soy de las de las caricias en la espalda, los besos en el cuello. Mirar a los ojos cuando se habla, y decirlo todo sin palabras. Disfrutar cada momento como si fuera a terminarse, sin exigir mucho de la vida. Porque no me lo va a dar. Vivo a expensas de esperanzas, y puertas cerradas. Nunca me quedo mirando esas puertas cerradas demasiado tiempo...porque cuando una se cierra, otra se abre, y no voy a ser tan idiota de mirar tanto a la que se ha cerrado como para no ver la que se ha abierto. La vida pasa rápida, fugaz, sin que nos demos cuenta de que ya no quedan días, ya no hay oportunidades. Que lo que solía suceder ya no sucede nunca más, que lo que teníamos por costumbre cambió. Que las cosas ya no son como deberían de ser...eso es porque nos habíamos acostumbrado. Me gustan las experiencias nuevas, y no me voy a estancar en un pasado. Me dan miedo los cambios, pero más miedo me da vivir en una realidad en bucle.
Soy yo, yo misma. No guardo rencores, no odio a nadie. Me dieron por todos los lados, pero nunca me rendí. Sigo aquí, a pie de cañón. Enamorándome de cada sonrisa, de cada detalle, de cada mirada.
De ti.

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