sábado, 5 de octubre de 2013

Me di cuenta cuando empecé a dejar las hojas verdes atrás para dar lugar al horizonte azul que siempre me ha cautivado. Me di cuenta cuando el olor a salado se instaló en mis fosas nasales y se volvió tan intenso que hasta podía notarlo en mi lengua. Tragué saliva en un intento de retener las lágrimas y deshacer el nudo de mi garganta. Empezaba todo de nuevo, dejando atrás todo lo que había estado atrás, en el momento en que escuché las olas romper en las rocas al lado de la carretera me di cuenta de todas las veces que lloré en silencio por nada, todo cambia, a menudo para mejor. Me di cuenta de que estaba dejando atrás sentimientos que antaño había reconocido como imposibles de olvidar. Me di cuenta de que no merecía la pena seguir pensando en un pasado cuando delante de mi me aguardaba el mejor de los futuros.
Y lo iba a vivir, iba a vivir mi nueva vida. Olvidé los matices grises de mi vida anterior, olvidé por qué me negaba a dar un vuelco a todo, incluso olvidé por qué estaba allí. Todo es tan diferente ahora, me dije, que no importa lo que pueda echar de menos, podré soportarlo. Me vi fuerte, me vi renovada, me vi, reflejada en ese espejo de agua salada. Como nueva, como si los años no hubieran pasado sobre las ojeras bajo mis ojos y la única imperfección permitida en mi rostro eran las arrugas de mi gran sonrisa. Como si la palidez de mi piel se hubiera cambiado por unas mejillas sonrosadas por el roce del viento. Como si el rojo de mi pelo hubiera dado alegría al marrón monótono que siempre había tenido.
El sol salió para darme la bienvenida. Y yo, qué raro, me sentí bien.

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