Se quemó con su propia llama. Encendió el fuego y lo dejó crepitar, lo dejó crecer, quemar todos y cada uno de los rincones de su cuerpo, hasta que no quedó nada. Pero, después del incendio, solo quedaron cenizas. El fuego se había apagado ya, y no quedaba ni rastro de él, solo recuerdos rotos y desmenuzados esparcidos por el suelo junto las cenizas que éste dejó. Y se pregunta que habría pasado de apagar el fuego, de no haberlo dejado avanzar, avivarse...
Nada.
No habría pasado nada. Porque era inevitable. Sabía que este día llegaría, solo lo retrasaba con todas y cada una de sus esperanzas, pero ese día llegó y le pilló desprevenida. Vio como la ultima llama se apagaba ante sus narices, pero tampoco luchó por reavivarla. Porque ya no quedaba leña que echar, ya no había nada que quemar. Se le había acabado el tiempo y ya no había vuelta atrás. Todo lo que había avanzado lo recorrió de vuelta sólo por un mísero error.
Pero así es su vida, siempre lo fue y siempre lo será. Y nunca cambiará.
Porque siempre fue una cobarde.
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